La primera vez que vi un concierto de Carles Santos todo iba bien (o sea, previsible) hasta que en medio de su virtuosismo y arrebatado por una fuerza mayor estampó su frente sobre el piano varias veces. Luego siguió tocando con naturalidad mientras la sangre corría por su cara. No olvidaré esa feroz sensibilidad. Carles Santos murió a finales de 2017.
One-Man Band (To San Carles Santos) quiere invocar a este artista a través de un desfile ceremonial cargado de solemnidad, repetición, fluidez, nostalgia y sensibilidad fluxus.
Un solo performer recorrerá andando el trayecto previamente establecido con instrumentos adosados a su cuerpo: un teclado electrónico en equilibrio sobre su cabeza, un xilófono atado sobre el vientre y una melódica fijada en su columna vertebral. A partir del movimiento surgirá el sonido unas veces fruto del azar, otras de la necesidad.
El performet tomará el papel de un chamán adusto que llamará al espíritu del músico desaparecido a través de un recorrido ceremonial de variable duración y longitud.